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Archive for 31 agosto 2009

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Por Aldo Ferrer

Las enseñanzas de la crisis mundial

para América latina

27-08-2009 / 

Aldo Ferrer | Director Editorial
Invitado por la Pontificia Universidade Católica de São Paulo, diserté el 18 de este mes  sobre el impacto de la actual crisis económica sobre nuestros países. Concluí mi exposición con la siguiente pregunta: ¿qué enseñanzas nos dejan los acontecimientos actuales a nuestros países de América latina?  
En esta nota comparto mi respuesta con los lectores de Buenos Aires Económico. Dije que, en resumen, nada nuevo. Concluir que, para defenderse de las turbulencias externas es preciso tener la casa en orden, es decir, operar con sólidos equilibrios macroeconómicos en las finanzas públicas y los pagos internacionales. Concluir, también, que el desarrollo económico sigue siendo lo que siempre fue, es decir, la construcción de cada sociedad, en su espacio nacional, de las sinergias esenciales para desplegar su potencial de recursos, generando y asimilando el  conocimiento disponible. Vale decir que los acontecimientos actuales vuelven a demostrar el papel fundamental de la densidad nacional de los países para vivir con lo suyo, abiertos al mundo, en el comando de su propio destino. Así como Keynes vuelve al Norte, aquí, en el Sur latinoamericano, vuelven  Raúl Prebisch, Celso Furtado y los otros fundadores del estructuralismo vernáculo como referencia esencial para enfrentar, con éxito, los desafíos que plantea la emergencia de un nuevo orden mundial a partir de la resolución de la extraordinaria crisis, iniciada a fines de la primera década del siglo XXI.
El desarrollo de América latina y del resto del mundo subindustrializado seguirá dependiendo esencialmente de la calidad de las políticas nacionales y de estrategias de inserción internacional compatible con el despliegue de su capacidad de gestionar el conocimiento. El contexto internacional será probablemente fundado en principios menos dogmáticos vinculados con los intereses de los centros de poder internacional, pero los países seguirán creciendo de adentro hacia afuera y no a la inversa y, en primer lugar, como resultado de la calidad de sus respuestas a los desafíos y oportunidades de la globalización. La densidad nacional de los países, vale decir, su cohesión social, liderazgos nacionalistas, estabilidad institucional y pensamiento crítico, seguirán siendo las condiciones básicas para desplegar políticas válidas en el orden global que emergerá después de la crisis.
El surgimiento del espacio Asia-Pacífico, como un nuevo centro dinámico del desarrollo de la economía mundial, está transformando el orden mundial en tres cuestiones principales, que son de especial importancia para la Argentina y toda América latina, a saber: 1º) la valorización de los recursos naturales y el consecuente aumento de los precios de los alimentos y materias primas; 2º) el surgimiento de un nuevo polo financiero constituido por los grandes excedentes  en los pagos internacionales de las principales economías asiáticas; 3º) la incorporación de corporaciones transnacionales asiáticas a las inversiones internacionales y la formación de cadenas de valor a escala global. El dilema que debe resolver América latina es si el impulso que actualmente vuelve a venir de afuera, por la valorización de los recursos naturales, va a quedar limitado, como en el pasado, en los límites de la producción primaria, la semiindustrialización y sociedades socialmente fragmentadas. O si, por el contrario, constituyen una plataforma  para el desarrollo integrado y la formación de economías industriales avanzadas.
Es cada vez mayor la influencia de la tradición histórica y cultural en el desarrollo de los países y su inserción en el orden global. La comparación de la experiencia de los países asiáticos con la de los nuestros da lugar a reflexiones sugestivas. Ambos espacios fueron objetos pasivos de la globalización, iniciada con el descubrimiento del Nuevo Mundo y la llegada de los navegantes portugueses a India, en la última década del siglo XV. Pero la presencia europea tuvo consecuencias radicalmente distintas en una y otra parte. En Oriente establecieron posiciones de dominación, pero no desarticularon  las civilizaciones preexistentes. Es decir, la presencia europea convivió con las culturas  originarias.
Los “valores asiáticos”, fundados en culturas milenarias son distintos de la experiencia racionalista y cientificista de las naciones avanzadas de Occidente. El hecho más importante de las transformaciones de fondo que tienen lugar en la actualidad, radica en que esos “valores” demuestran ser compatibles con el desarrollo científico y tecnológico y, por lo tanto, con el desarrollo económico. Max Weber asoció la ética protestante al desarrollo del capitalismo. Resulta ahora que la ética de Confucio y Lao Tse y las organizaciones sociales que les dieron origen, en el marco de nuevas y originales formas del capitalismo y del desarrollo nacional, son compatibles con la gestión del conocimiento, la industrialización y la transformación de la estructura productiva e inserción internacional.  En Oriente, la tradición es un factor de coherencia étnica y social y de reserva de valores culturales ancestrales que, ahora resultan aportes fundamentales a la densidad  nacional en los respectivos espacios territoriales, dentro de los cuales se despliegan los recursos y el talento de cada sociedad.
En América latina, las organizaciones de los pueblos originarios del Nuevo Mundo se desplomaron ante la presencia de los conquistadores. Un siglo después del desembarco de Colón, sobrevivía sólo alrededor del 10% de la población preexistente que alcanzaba, de un extremo a otro de América, a alrededor de 60 millones de personas. Sobre la población nativa sobreviviente y sometida, los europeos implantaron su propia presencia y, enseguida, otro hecho extraordinario: la esclavitud de más de 10 millones de africanos destinados a la producción de las minas y las plantaciones tropicales. En  la mayor parte del Nuevo Mundo, los europeos fundaron nuevas civilizaciones fundadas en la fragmentación social. En América del Norte, la historia fue distinta. Sobre las trece colonias británicas originales, emergió un vástago, los Estados Unidos, que alcanzaría la posición dominante en el sistema global. El mismo origen tiene el otro país desarrollado del continente: Canadá.
En América latina, la tradición incluye la fragmentación social, el sometimiento originado en la conquista y la esclavitud, la concentración y extranjerización del dominio de los recursos y el pensamiento alienado asociado a los intereses de los centros de poder transnacional. Es decir, condiciones inadecuadas con la gestión del conocimiento y el desarrollo económico. Así se explica que, después de dos siglos desde la independencia, no hayamos  logrado alcanzar un nivel de desarrollo y bienestar a la altura de los recursos disponibles. El desafío de nuestros países es así más complejo que en otras partes porque, en ellos, debemos, simultáneamente, enfrentar los desafíos del futuro y remover los obstáculos históricos a la construcción de la densidad nacional.
Desde América latina, debemos insistir con propuestas para establecer un orden global más equitativo, pero  tenemos que  concentrarnos en resolver nuestros propios problemas. Disponemos de una reducida posibilidad de cambiar el mundo, pero  contamos con una capacidad decisiva para  estar en el mundo en el comando de nuestro propio destino.

Aldo Ferrer
Director Editorial de Buenos Aires Económico

 
original en  El Argentino:
 

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DESARROLLO ECONOMICO

TEMAS DE DEBATE: DESARROLLO ECONOMICO

Caminos para alcanzar el progreso

Los especialistas analizan las distintas alternativas existentes para alcanzar el desarrollo económico y formulan cuáles son sus preferencias para no sólo crecer, sino también lograr mayor inclusión social.

Producción: Tomás Lukin

 


 

 

¿Competitividad o cooperación?

 

 

Por Mariano Féliz *

 

Las elecciones de junio marcaron el fin de la hegemonía política del kirchnerismo y el comienzo del “diálogo social”. A través de éste los sectores hegemónicos pretenden articular y canalizar sus diversas demandas a los fines de construir una transición ordenada hacia la próxima alianza dominante. En esta etapa el debate es el modelo económico y en particular la necesidad de recuperar la llamada “competitividad” de la economía. Desde el punto de vista del capital esto supone devaluar la moneda, reducir las retenciones a las exportaciones, contener las presiones salariales, sostener el superávit fiscal y mantener los subsidios a las grandes empresas. Es decir, profundizar la capacidad del país de competir internacionalmente sobre la base de la precarización. La búsqueda de competitividad como piedra de toque de las políticas económicas privilegia la ganancia empresaria y los valores del capital: la competencia como medio de desarrollo, la producción por la producción misma, los beneficios privados por sobre los intereses de la sociedad.

Desarrollarse sobre la base de promover la competitividad internacional significa que “el país” busca ganar en el mercado mundial a costa de otros países. Dentro de esta forma de desarrollo ganar es siempre “empobrecer al vecino”. La incapacidad de competir implicará la necesidad del “ajuste”: las empresas deberán reducir su personal, los trabajadores aumentar su rendimiento y postergar sus demandas de mejoras en las condiciones laborales. Todo esto so pena de mantenerse “ineficientes”, incapaces de honrar al Dios mercado. Cuando eso ocurre, fuga de capitales, despidos y suspensiones se convierten en la respuesta del capital.

En este marco el diálogo sobre las políticas públicas deja de lado un debate más de fondo. ¿Sólo nos queda ser competitivos para “desarrollarnos”? ¿No hay otras alternativas? Por el contrario, a esta modalidad de desarrollo –que expresa la economía política del capital– se opone otra estrategia, otra posibilidad: la economía política del trabajo.

Esta economía política se basa en las experiencias de organización del pueblo trabajador y sus fundamentos. A la competencia que todo lo destruye, opone la cooperación. Desde la voluntad de organizarse colectivamente en sindicatos y comisiones internas al armado de agrupaciones de base y asambleas barriales, la historia del pueblo trabajador indica que la solidaridad y cooperación es la mejor estrategia para mejorar y defender sus condiciones de vida. La organización jerárquica de la producción capitalista es cuestionada por las modalidades de autogestión obrera. Desde Fasinpat (ex Zanon) hasta las cooperativas textiles de los movimientos territoriales autónomos, todas estas experiencias dan cuenta de la “improductividad” de los patrones y dan muestras de la potencial eficacia de la autoorganización de los trabajadores. Frente a la producción por la producción misma que privilegia sólo la ganancia privada, la economía política del trabajo presenta la necesidad de producir para la satisfacción de necesidades y privilegiando la protección del medio ambiente.

Las asambleas y movimientos que participan de la Unión de Asambleas Ciudadanas y los movimientos campesinos son hoy ejemplo de la posibilidad de comenzar a pensar un mundo que respete a la tierra y construir una modalidad de desarrollo que haga uso de las riquezas naturales –sin saquearlas y destruirlas—. Por fin, la expansión sin límites de los mercados capitalistas y la propiedad privada es cuestionada por una voluntad de ampliar el espacio común y la distribución de bienes y servicios sin la mediación del dinero y los precios. En ese camino encontramos la lucha por el software libre y la producción pública de medicamentos, la creación de bachilleratos populares y la lucha por la educación y salud pública. En síntesis, la economía política de los/as trabajadores/as enfrenta a los valores del capital, los sueños y necesidades vitales del pueblo. Privilegia la solidaridad sobre el egoísmo, la unidad de los pueblos a la centralización regional del capital, el tiempo vital sobre el tiempo de trabajo abstracto, el intercambio de culturas y experiencias frente al movimiento de mercancías.

Esa economía política puede orientar otro modelo de desarrollo poscapitalista a ser construido (prefigurado) a partir de hoy mismo. Un proyecto de desarrollo que fomente los emprendimientos asociativos con financiamiento y tecnología adecuada a modalidades cooperativas de gestión. Un programa que involucre la creación de espacios de intercambio no mercantilizados, que aseguren el derecho a los medios de vida, a la salud y la educación, a la información, al esparcimiento y al tiempo libre sin las restricciones de la propiedad privada. Un plan que suponga la socialización de los medios de producción estratégicos bajo el control del pueblo a través de formas de gestión democráticas y participativas.

* Investigador del Conicet. Profesor de la UNLP. Miembro del Centro de Estudios para el Cambio Social.

 


 

 

Necesidad y posibilidad

 

 

Por Fernando López Amador * y Esteban Sánchez **

 

El desarrollo económico es un proceso que debe ser entendido no sólo como una dinámica de acumulación y crecimiento, sino como un proceso de expansión del sistema productivo que da fundamento y cohesión al conjunto social, definiendo el escenario donde se disputan intereses y el proyecto hacia el cual se moviliza el potencial de recursos disponibles. Convalidar una perspectiva de desa-rrollo nacional, implica repensar el lugar de un país en el proceso de acumulación a escala mundial y asumir una posición dentro de las tensiones históricas que producen, en simultáneo, la necesidad de desarrollarse y las posibilidades concretas que existen de encarar este proceso.

A nivel latinoamericano, la necesidad de reconstruir una mirada de la inserción en el mundo se manifiesta en la cristalización de varios procesos. Así es como la caída de los mitos del Consenso de Washington y el arribo de la actual crisis internacional, en medio de un contexto de mayor integración regional políticoeconómica, confluyen con la sedimentación de la experiencia histórica de una sociedad que atravesó las catástrofes del experimento neoliberal y hoy, pone al menos en cuestión, lo que durante décadas de pensamiento único, se había conformado en el sentido común de lo que significaba “integrarse al mundo”. En este escenario, es que cobra sentido la recuperación de algunos debates centrales sobre qué es el desarrollo, cómo se debe encarar tal proceso, quiénes deben conducirlo y de dónde deben provenir los recursos para financiarlo.

En Argentina, hasta la irrupción de la dictadura militar en 1976, estos interrogantes habían sido importantes a la hora de pensar el desarrollo económico. A partir de allí, su paulatino abandono no estuvo en función de haber hallado respuestas. Más bien pareciera, resultado de un repliegue de visiones –cristalizadas en políticas económicas– que no lograron conjurar las mutaciones estructurales producidas desde mediados de los setenta a la fecha.

El quiebre que significó el arribo de la dictadura en la economía argentina, y la consumación del proceso de desindustrialización en los noventa, tuvo su correlato en el progresivo vaciamiento teórico de la disciplina económica que avanzó principalmente, en tres sentidos fundamentales: renuncia a estrategias de largo plazo, proliferación de análisis especializados en dinámicas sectoriales sin mirada de conjunto y desplazamiento del estado por el mercado en las decisiones económicas. El retroceso se manifiesta abiertamente cuando el Estado cede importantes márgenes de maniobra y restringe su accionar a estabilizar las variables macroeconómicas, producto de los desajustes del cambio estructural.

En la actualidad, medidas como la estatización de los recursos de las AFJP, las retenciones al sector exportador, la reactivación de discusiones salariales, el impulso de una nueva ley de medios audiovisuales, el apuntalamiento de la integración regional en pos de consolidar los procesos políticos latinoamericanos, se mezclan con la generación de excedentes financieros, desestabilización del orden hegemónico y otros elementos que sumados, se hallan mas cerca de dar cuenta de las tensiones estructurales de un sistema en crisis, que de expresar una direccionalidad portada en la voluntad política de un gobierno. Así, vista la crisis desde su costado de oportunidad, y trascendiendo el debate binario acerca de la sustentabilidad o no del actual “modelo productivo”; resulta entonces, imprescindible volver a interpelar la matriz productiva, la inserción internacional y los grandes tópicos del desarrollo económico desde la articulación de estrategias de largo plazo donde el Estado recupere protagonismo. De otro modo, circunscribir la problemática a la sustentabilidad o no del actual crecimiento, conduce a ver la situación en términos de “el vaso medio lleno o el vaso medio vacío” metáfora que implica una renuncia a recuperar la unidad y centralidad de los grandes temas que hacen a la economía política; el proceso de acumulación, el lugar en la división internacional del trabajo, el papel del mercado interno, la competitividad de la industria, el rol de los sectores estratégicos.

Nuevamente, reforzar la comprensión de los procesos económicos que como sociedad hemos atravesado, y su vinculación con los rumbos de la coyuntura mundial, contribuyen a dimensionar la urgencia de retomar el enfoque planteado, y ponderar desde allí las presencias y ausencias de políticas que robustecerían este proceso. La problemática sitúa a nuestro país de cara a su principal disyuntiva, asumir las circunstancias conduce inexorablemente a la necesidad de retomar el debate del desarrollo económico. No asumirlas, conduce a la reproducción de la más cruda especificidad en tanto economía subdesarrollada, fundada, mas allá de las innovaciones, en la explotación de recursos naturales, a lo que hoy se le suma un enclave industrial exportador con bajo contenido tecnológico y escasa relación con el mercado interno.

* Lic. en Economía Política UNGS.

** Miembro de Ecopolistas.

original en pag 12:

http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-130905-2009-08-31.html

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info semanal bcba

LA SEMANA EN POCAS PALABRAS
En julio, las importaciones cayeron 40% a/a y las exportaciones 30% a/a. El superávit comercial del primer semestre acumula USD 11.200 millones. El superávit comercial mostró un aumento de 36% a/a en julio y en el acumulado del año creció 77% a/a. Este dato, que el gobierno presenta como un éxito, en realidad oculta malas noticias: el cierre indiscriminado de la economía, el colapso de la inversión y la elevada vulnerabilidad a los cambios de precios de las materias primas.
La caída de las importaciones es reflejo del freno de la inversión y la producción y las restricciones para-arancelarias dispuestas por el gobierno nacional. Las importaciones de bienes de capital y piezas y accesorios para bienes de capital cayeron 37% a/a y explicaron el 40% de la contracción total de importaciones. Los insumos intermedios (-43% a/a) explican otro 40% de la caída.
La estrategia oficial para ajustarse al menor ingreso de divisas consiste en reprimir la salida de capitales y frenar las importaciones. Aquí opera un efecto “frazada corta”: menores importaciones aseguran menor demanda de dólares pero implican una fuerte caída de la recaudación del IVA-DGA. La caída proyectada de las importaciones en 2009 (USD 17.000 millones) bajará los ingresos del comercio exterior en unos USD 3.600 millones (1,3% del PIB).
En 2010, las exportaciones apuntan a ser el principal motor que empujará la demanda agregada. Con los actuales precios internacionales, las exportaciones agrícolas podrían subir entre USD 6.000 y 7.000 millones el próximo año. Las exportaciones industriales están (incipientemente) comenzando a recuperarse de la mano de Brasil y la normalización del comercio global.
En la semana se conocieron dos datos que no fueron buenos. 1) Los datos oficiales mostraron un aumento del desempleo (8,8%) de casi un punto respecto al año anterior. Nuestras estimaciones lo ubican más cerca del 11%. 2) El superávit primario en julio fue de $766 millones y acumula en el año una caída de 70% respecto a 2008.
El núcleo del debate económico es netamente fiscal. El 2009 registrará una gran erosión fiscal en la Nación y las provincias. El superávit fiscal consolidado (Nación y provincias) pasará de 2% del PIB en 2008 a un déficit fiscal consolidado de igual magnitud en 2009. El escenario para 2010 podría mejorar algo para la Nación, por el aumento de las retenciones pero la situación provincial seguirá siendo precaria: las demandas salariales y sociales crecen al ritmo inflacionario de 15% y la coparticipación está creciendo al 8%.

CONTENIDOS
En foco: Comercio Exterior (pág.2)
Resultado Fiscal (pág.5)
Actividad Industrial (pág.6)
Desempleo (pág.7)
Estadístico (pág.9)

Informe semanal N 49

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Protegido: AIERA: info agosto

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